Draghi al rescate

Hace unos meses, publicamos un artículo en prensa titulado “los bancos centrales, restauradores del mundo”. En el plano económico, en buena medida, así ha sido en los últimos diez años y, desde luego, en los últimos diez meses.

Y, probablemente, no hay una imagen más cercana a un Aureliano Restitutor Orbis moderno, dentro de este símil, que el previsible y flamante nuevo primer ministro de Italia, Sr. Mario Draghi.

En el océano proceloso de la política italiana, que devora primeros ministros en una crisis continua a ritmo de de 1,8 años por gobierno desde los tiempos de Cavour (1,5 años si exceptuamos a Mussolini), de vez en cuando el ritmo habitual de las elecciones pierde pulso en favor de un presidente de corte tecnócrata, que ponga un cierto orden en los asuntos cisalpinos, al menos por lo que respecta a la economía. El penúltimo ejemplo lo tuvimos con Mario Monti (que cumplió reglamentariamente con su año y medio de servicio). Y el último es Draghi. Nada menos que Mario Draghi: probablemente, el europeo en activo con mejor valoración posible a efectos de mercado, rodeado de un prestigio que tal vez solo podría disputarle Ángela Merkel. Su frase de julio de 2012 “haremos lo que sea necesario para preservar el euro… y créame, será suficiente” es un hito de las finanzas, aunque muchos dudarán de la moneda única (el propietario de un bar de mi pueblo solía decir que, con el euro nos iba a meter unos clavos…). En todo caso, el nuevo gobierno italiano no puede nacer con mejores perspectivas.

Seguramente en los próximos días se concretarán los planes de la nueva administración, así como la conformación de un renovado gobierno. Eso sí, con un primer ministro que, atención, parte con el apoyo de toda la cámara italiana, a excepción de la extrema derecha, y con un nivel de aceptación popular superior al 70%, cosa que en Italia, permítanme la licencia, no ha sido lo común desde los tiempos de Octavio Augusto, con la posible salvedad de los Antoninos, hasta Marco Aurelio. Toda una responsabilidad, en forma de prestigio. Y lo va a necesitar, sin duda.

Porque más allá de cuestionar la forma más o menos democrática de elegir gobierno en Italia, la realidad económica es realmente complicada, y no solo en este país: Los niveles de deuda pública siguen creciendo de manera desorbitada para hacer frente a déficits, por lo demás, necesarios para mantener a las economías con vida. Y queda pendiente la gestión de los fondos europeos, en el caso italiano del orden de doscientos mil millones de euros. Naturalmente, gestionar esta inmensidad de problemas requiere de gobiernos preparados y sólidos. Y, en ese sentido, Italia ha dado un paso muy importante.

No es de extrañar por tanto que, a pesar de haber tenido en estos días unos datos macro algo peores de lo esperado (especialmente el ISM manufacturero y el empleo en EE.UU.), los mercados hayan reaccionado al alza con fortaleza, especialmente en Italia, donde destaca no solo el comportamiento de la bolsa, sino especialmente la reducción de prima de riesgo de sus bonos. Conviene decir también que el nuevo clima de la administración Biden en Norteamérica supone un factor de estabilización geopolítica notable. En resumen, algo de mejora en el plano institucional a nivel global, asunto siempre deseable y no siempre posible.

Por todo ello, comenzamos a encarrilar un año que, repetimos, debe ser el de la recuperación macroeconómica, siempre dependiente ésta de la normalización sanitaria, algo que se irá logrando a medida que la vacunación vaya llegando a un mayor nivel de población. Es esencial, mientras tanto, una gestión adecuada de los recursos, que nos permita hacer de esta recuperación una vuelta a los niveles pre-Covid lo antes posible. Con todos sus miedos y reservas, los mercados parecen seguir apostando por este extremo, si bien el recorrido no estará exento de curvas: los niveles de rentabilidad de la deuda siguen muy bajos y los multiplicadores de la bolsa se mantienen altos, por lo que es preciso no bajar la guardia. En todo caso, ciertos vientos de cola nos hacen ser razonablemente optimistas. Algo que, como siempre, debemos mezclar, dada la incertidumbre actual, con una elevadísima dosis de prudencia

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